Crónica sobre “la comuna de Gezi”

Taksim-pt-5-thumbRevuelta en Turquia, Uraz Aydin, 13 de junio de 2013

Estupefacción. Hace más de una semana que la gente tiene ocupada la plaza Taksim y que decenas de miles de personas se manifiestan todos los días por todo el país a pesar de la brutal intervención policial. Más allá de la indignación y la esperanza, el principal sentimiento compartido por quienes protagonizan el movimiento y, en particular, por la extrema izquierda, es el de estupefacción ante estas movilizaciones masivas.

Efectivamente. A pesar de la ofensiva neoliberal y de las antidemocráticas y conservadoras políticas de orden público puestas en pie por el gobierno, Turquía parecía ser uno de los raros países al que no le afectaba la radicalización de masas que suponían las revoluciones árabes y el movimiento de los indignados en la costa mediterránea. Pero al final , un proyecto gubernamental que quiere reconstruir un viejo cuartel de artillería, así como construir un centro comercial y una residencia de lujo destruyendo un parque público en pleno centro de Estambul, ha desencadenado un revuelta espontánea, totalmente inesperada y, también, “mágica” que discurre delante de nuestros ojos.

Cogido por sorpresa, el asombro del gobierno fue mayúsculo. Sabiendo que, más allá de la acumulación de descontentos diversos a lo largo de estos años, lo que ha provocado la revuelta masiva es, sobre todo, el autoritarismo y la arrogancia del Primer Ministro, Erdogan, y aprovechando que éste estaba de viaje en África del Norte, el vice-primer ministro Bulent Arinç y el presidente de la República, Abdullah Gül, trataron de mostrarse más conciliadores, excusándose por la brutalidad policial y organizando una reunión con los representantes de la iniciativa “Solidaridad con Taksim”.

No obstante, frente a las exigencias del movimiento de anular el proyecto para salvaguardar el parque, de que dimitan los responsables de la violencia policial y se garantice el derecho a manifestarse en las plazas públicas, el Primer Ministro, aún cuando parece haber dado marcha atrás en relación a la construcción del centro comercial y de la residencia, se reafirma en su decisión de reconstruir el cuartel de artillería en Taksim.

La estrategia del gobierno para calmar el movimiento es jugar la carta de la división a varios niveles. Por una parte, trata de aislar Taksim mediante violentas intervenciones de la policía (a veces acompañados de policías de civil armados con palos) en las manifestaciones que se desarrollan en otras ciudades (principalmente en Ankara). Al mismo tiempo, intenta crear división entre quienes considera “sinceramente ecologistas”, con inquietudes medioambientales, y los “alborotadores que sólo piensan en destruir y quemar” lo que encuentran por delante. Además, y esto es muy grave, Erdogan, en cada ocasión que se le presenta, recuerda que su base social también está dispuesta a movilizarse si continúan las manifestaciones. Todo ello sin ocultar su satisfacción por el eslogan “déjanos ir, vamos a arrasar Taksim” que corean miles de sus simpatizantes.

Potencialidades y dificultades del movimiento

Rodeados y protegidos por más de una decena de barricadas, la plaza Taksim y el parque Gezi se han convertido en verdaderos lugares de encuentros políticos y sindicales, de actividades lúdicas y festivas, regidas por lo que el historiador marxista E.P. Thompson denominada “la economía moral”: prohibiendo cualquier intercambio comercial en el interior del parque, que fue bautizado como “la comuna de Gezi”; la alimentación, la bebida y los servicios sanitarios son gratuitos; para cocinar se utiliza la energía solar, existe una biblioteca pública a base de donaciones; la realización de las distintas tareas se basa en el principio de voluntariedad y existe un sentimiento irreductible de solidaridad y de responsabilidad hacia el otro pero, también y sobre todo, hacia la naturaleza.

Pero también hay que hablar de la tibieza de las confederaciones sindicales a la hora de movilizarse (más allá de algunas huelgas simbólicas), de la ausencia de formas de auto-organización y autogestión en la comuna y de debates estratégicos en torno al porvenir del movimiento

La heterogeneidad del movimiento plantea algunas dificultades. La sensibilidad nacionalista y, a veces, militarista (simbolizada por la profusión de banderas turcas y eslóganes como “Somos los soldados de Mustafá Kemal”) que destila la componente republicano-kemalista del movimiento, crea reticencias entre los kurdos a la hora de incorporarse al mismo; a pesar de los llamamientos de las organizaciones kurdas para que se movilicen. Esto da la oportunidad al gobierno y a sus intelectuales orgánicos para estigmatizar el movimiento como “golpista” y, de ese modo, consolidar su base.

Por el momento, es difícil prever el desenlace de la situación. Puede que esta semana sea decisiva, dado que el gobierno no puede permitirse el lujo de que esta crisis se perpetúe y que los resistentes se niegan a volver a sus casas mientras no sean satisfechas sus reivindicaciones. En cualquier caso, una nueva generación le ha tomado el gusto a la libertad, ha experimentado la lucha colectiva y ha comprendido la necesidad de resistir. Un eslogan escrito en la plaza de Taksim resume bien la importancia de esta resistencia para la transformación de las conciencias: “Hemos resistido y hemos hecho abortar al ciudadano muerto que habitaba en nosotros”.

10/11/2013

Traducción: VIENTO SUR

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