Política de alianzas o hermanamiento

Raúl Zibechi,  La Jornada, 8 de febrero de 2013

Itacumbú, en 1962, fue el primer campamento de los cortadores de caña de azúcar (cañeros) en Bella Unión, departamento de Artigas, norte de Uruguay. El campamento fue, por un lado, un espacio de convivencia, debate y elaboración colectiva de respuestas de un grupo de cañeros ante el acoso policial y patronal que sufrían. En ese sentido los campamentos contribuyeron a soldar potentes lazos de solidaridad entre oprimidos, condición elemental para afrontar los duros combates que les esperaban.

En segundo lugar, a los campamentos llegaron personas de todo el país para apoyarlos en una lucha tan desigual contra las grandes empresas que implementaban formas de trabajo cercanas a la esclavitud. Acudieron estudiantes, obreros, cooperativistas, profesionales, sacerdotes franceses y comunidades católicas, que convivían en el campamento y en casas de familias de la localidad. Trabajaron junto a los cañeros levantando la policlínica, tarea que demandó tres años de trabajo colectivo, y realizaban tareas culturales, recreativas y cursos de formación.

Los campamentos de los cañeros, agrupados en el sindicato de nombre UTAA (Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas), deben mucho a la inspiración de su líder, Raúl Sendic Antonaccio, aunque la forma-campamento ya era y seguirá siendo un modo de acción de los oprimidos en muchos lugares del mundo. La experiencia vivida por centenares de jóvenes, y no tanto, en los campamentos cañeros fue decisiva en la conformación de un vasto movimiento de liberación nacional que detonaría años después. Fueron escuelas de autoformación popular, antes de que naciera la educación popular y muchísimo antes de que ésta fuera codificada como método de trabajo por las ONG afines a las políticas de combate de la pobreza en línea con el Banco Mundial.

Lo sucedido hace medio siglo entre cañeros y jóvenes citadinos no fue algo excepcional aunque, debe reconocerse, no sucede todos los días. Algo similar está sucediendo en Chile entre los sectores más activos y autónomos del pueblo mapuche y los estudiantes organizados en torno a la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES). Decenas y luego cientos de estudiantes liceales comenzaron a poblar las marchas mapuches y crearon en el seno de la asamblea una comisión especial para trabajar en forma directa con los mapuches, como explican algunos de sus integrantes.

Los estudiantes mapuches están también organizados y ambos colectivos apoyan a las comunidades militarizadas en el sur chileno. Los vínculos entre los dos movimientos más importantes del país se profundizan de forma capilar, participando en acciones y en algunos casos acudiendo en pequeños grupos a las comunidades para, simplemente, estar, acompañar, aprender, apoyar. No creo apropiado denominar a este tipo de vínculos solidaridad, ya que se trata de una relación sujeto-objeto en el que una parte decide, cuando y como le parece, apoyar, del modo que considere adecuado, a otros y otras a mayor o menor distancia. Pero sin moverse del lugar material y simbólico que ocupa.

Lo que sucede en el Chile actual y sucedió hace medio siglo en Uruguay, y tantas y tantas veces en tantos abajos, es otra cosa. Prefiero llamarle hermanamiento. Es un vínculo entre iguales, entre dos sujetos que construyen una nueva realidad, material y simbólica, moviéndose ambos del lugar que ocupaban. Eso supone autoaprendizaje colectivo sin alguien que enseñe y otro que aprende, sino algo mucho más fuerte: la construcción de algo nuevo entre todos y todas los que participan en la experiencia de vida, algo que no pertenecerá a unos y otras porque es un resultado colectivo.

Esto no pasa por llevar cosas a quienes se supone que las necesitan porque tienen alguna carencia. La fuerza motriz de este hermanamiento no es ayudar, algo que nunca se sabe bien qué es, sino crear. No es ni dar ni recibir. Históricamente, ha sido el camino de los de abajo para construir movimientos rebeldes, no para ganar elecciones, sino para crear un mundo nuevo, algo que pasa inevitablemente por la destrucción del sistema capitalista y militarista actual.

En Chile, los estudiantes secundarios han transitado un camino empinado en dos años de masivas movilizaciones. Comenzaron con demandas a favor de una educación gratuita y de calidad para poner en pie, ante las elecciones municipales de octubre, la campaña Yo no presto el voto, llamando a la abstención. El 60 por ciento se ausentó de las urnas, mostrando el alto grado de desprestigio del sistema político. La combatividad y radicalidad de los estudiantes, la valentía demostrada al enfrentar a los Carabineros en la calle y al conjunto del sistema de partidos, su creatividad y persistencia en el tiempo, los han convertido en un actor central en el escenario chileno.

El movimiento mapuche, como señala Gabriel Salazar en su reciente Movimientos sociales en Chile, hace un tipo de política que no se rige por la Constitución (…) ni se constituye como partido político; ni acopla su ritmo al calendario de elecciones, ni pretende devenir en poder parlamentario. Tampoco disputa “la conquista de un ‘cargo’ (fetiche de poder) en el Estado”. La política para los mapuches es “el cuidado de un ‘pueblo’ sobre sí mismo. De la ‘vida’ sobre sí misma…Y todo eso es, sin duda, una tarea de toda la comunidad, no de uno que otro individuo. Por eso es política, y a la vez, soberanía”. En suma, viven luchando y luchan viviendo.

Llamar política de alianzas al vínculo entre dos sujetos parece no sólo insuficiente, sino pretende nombrar con palabras del arriba las relaciones entre los abajos. La política de los primeros se rige por la correlación de fuerzas, concepto que no puede disimular su hechura con base en cálculos mezquinos de intereses inmediatos. Hablemos entonces de hermanarnos, de hacernos carne y sangre, y barro. Para hermanarnos, nos juntamos, nos mezclamos, nos enredamos, nos mestizamos; dejamos de ser para seguir siendo en, y con, otros.

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