Sandy: Frankenstormentas y cambio climático, o cómo el 1% creó un monstruo

Chris Williams, Sin Permiso, 4 de noviembre de 2012

Si el estudio al que te aplicas tiende a debilitar tus afectos y destruir tu gusto por esos placeres sencillos en los que no es posible que se mezcle ninguna aleación, entonces ese estudio es ciertamente ilícito y no le conviene a la mente humana.

Si se observase esta regla, si a ningún hombre se permitiera ejercicio alguno cualquiera que interfiriese en la tranquilidad de sus afectos domésticos, no habría sido esclavizada Grecia, César le habría ahorrado penurias a su país, América se habría descubierto más gradualmente, y los imperios de México y Perú no habrían sido destruidos.

Frankenstein, o el moderno Prometeo,

Mary Shelley

Pocas dudas hay de que estas extrañas tormentas, formadas de manera anormal, son un anticipo de lo que el futuro nos depara en un sistema económico que interfiriendo “en la tranquilidad de los afectos domésticos”, ha galvanizado las fuerzas de la naturaleza en una furia de dislocaciones en choque a medida que bombeamos más gases de los que atrapan el calor a nuestra atmósfera y más porquería industrial a nuestros pulmones.

Las aguas revueltas del cambio climático están comenzando a desgarrar el tejido de nuestra biosfera conforme el sistema climático de la Tierra da tumbos en pesadas y torpes sacudidas, desde la estabilidad relativamente latente y benévola de los últimos 10.000 años, hacia un nuevo estado climático más volátil y violento, menos hospitalario, antes desconocido para la civilización humana.

Aludir, por tanto, a la gran obra de horror gótico de Mary Shelley por medio del apelativo de “Frankenstorm” [Frankenstormenta] por la confluencia del huracán Sandy y un frente frío resulta, en formas diversas, algo apropiado. Especialmente en la medida en que Shelley misma ofrecía una crítica simbólica de la dinámica interna del capitalismo y la sociedad de clases en Frankenstein, captada en la cita de antes, cuando un Victor en conflicto hace recuento de su historia y de las fuerzas incontrolables que ha desencadenado como resultado de su compulsión por continuar con su proyecto, pese a las señales de aviso que proliferan en torno suyo.

La obsesión que se apoderó de Victor, su creciente enajenación del mundo que le hace abandonar amigos, familia, incluso sustento, tiene su eco a escala global en la insaciable sed de nuevos campos destinados a la explotación y el crecimiento. El hecho de que la incontrolable búsqueda de Victor le consumiera en sus llamas cuando su creación se volvió en contra suya no detendrá unas señales de aviso semejantes que impidan que el capitalismo se devore a si mismo…y se hunda con el resto del planeta junto a él.

Que el cambio climático inducido por los seres humanos es lo que explica parcialmente el huracán Sandy,  “el mayor huracán en la historia del Atlántico medido con el diámetro de vientos huracanado (1040 millas)”, lo razona el Dr. Kevin E. Trenberth, distinguido científico emérito de la Sección de Análisis del Clima del Centro Nacional de Investigación Atmosférica [National Center for Atmospheric Research]:

Las temperaturas de la superficie marina a lo largo de la costa atlántica han ido discurriendo unos 3 grados centígrados por encima de lo normal en una región que se extiende 800 kilómetros costa afuera entre Florida y Canadá. El calentamiento global contribuye a esto en 0.6grados. Con cada grado centígrado, el agua que retiene la atmósfera sube en un 7% y la humedad da pábulo a la tormenta tropical, aumenta su intensidad, y magnifica las precipitaciones doblando esa cantidad comparada con las condiciones normales.      

El cambio climático global ha contribuido a unas temperaturas más elevadas en la superficie marina y los océanos, y a una atmósfera más cálida y húmeda, y sus efectos están en un abanico del 5% al 10%. La variabilidad natural y el tiempo han proporcionado condiciones acaso óptimas para que un huracán que discurre en una situación extratropical se convierta en una tormenta de enorme intensidad, acrecentada por el influjo del cambio climático.  

Conforme el clima continúe calentándose, el efecto no hará más que aumentar, lo que llevará a sucesos meteorológicos más extremos, inundaciones y sequías, tal como se describía en dos artículos recientes de Nature

Y calentarse se calentará. No porque no tengamos respuestas para impedir que esto suceda y derivemos nuestra energía de otras fuentes que no sean los combustibles fósiles, sino porque sencillamente es demasiado rentable para cambiarlo. Hay una compulsión inherente al capitalismo, la fuerza propulsora del beneficio que impulsa a un mayor crecimiento en un bucle de perpetua retroalimentación, por el que  las colosales fuerzas de producción están poniendo a prueba los límites del planeta a la hora de absorber la paliza que aguanta su biosfera.

Nunca ha resultado tan pertinente el comentario de Karl Marx sobre la naturaleza del capitalismo en el Manifiesto Comunista:

La moderna sociedad burguesa, con sus relaciones de producción, de intercambio y propiedad, una sociedad que ha hecho aparecer como por magia tan gigantescos medios de producción y de intercambio, es como el hechicero que ya no es capaz de controlar los poderes del mundo de las tinieblas a los que ha invocado con sus encantamientos.

En este punto, conforme las atronadoras tormentas corren disparadas por la Costa Este de los Estados Unidos, y se sufre todavía una sequía sin precedentes en otras partes del país, parece indiscutible que el sistema capitalista haya puesto la trama entera de la vida en un rumbo de colisión contra una biosfera y un sistema climático estables. Uno de esos sistemas ha de ceder, y no hay indicaciones de que vaya a ser el capitalismo.

En la medida en que se está haciendo internacionalmente algo para arrostrar las crisis ecológica y social inextricablemente entrelazadas, la respuesta parece  consistir en hacer trizas los últimos vestigios de la herencia común por medio de la espada de la privatización.

Concretamente, en términos de producción petrolífera, la cual, junto a otros combustibles fósiles, tiene que culminar y comenzar a decaer en los próximos cinco años si queremos evitar una cambio climático irreversible, de acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía, las proyecciones contemplan, sin embargo, que aumente de sus actuales 80 millones de barriles por día a 110 millones de barriles diarios para 2020, pues las compañías petrolíferas buscan explotar sus reservas y perforar en busca de más.

Junto a los beneficios incrementados de las empresas petrolíferas debido al precio del barril de crudo, la Era de Obama ha contribuido a conducir a un surtido de nuevas exploraciones y aumentos de producción que, de acuerdo con un informe de Citibank, significa que los EE.UU. podrían pronto rivalizar con Arabia Saudí como mayor productor de petróleo del planeta, y convertir a los EE.UU. en el “nuevo Oriente Medio”:

El Departamento de Energía prevé que la producción norteamericana de crudo y otros hidrocarbonos líquidos, entre los que se cuentan los biocombustibles, llegará a una media de 11.4 milones de barriles diarios el año próximo. Eso supondría un récord de 40 años para los EE.UU. y algo justo por debajo de la producción de Arabia Saudí de 11,6 millones de barriles. Las previsiones de Citibank para la producción podrían alcanzar de 13 a 15 millones de barriles diarios para 2020, contribuyendo a hacer de América del Norte “el nuevo Oriente Medio”.

Dado que el presidente norteamericano Barack Obama se ha jactado repetidamente del compromiso de su administración de tender un oleoducto suficiente para ceñir la Tierra y ha metido en vereda a Mitt Romney lanzando anuncios en los que se le acusa de ser “contrario al carbón”, las exportaciones de carbón norteamericanas registran cifras récord debido a la expansión de otro combustible fósil, el gas natural obtenido mediante fractura hidráulica (“fracking”).

De modo que, aunque hayan disminuido las emisiones norteamericanas de carbono debido al cierre de centrales de carbón, substituidas por las de gas natural, ha habido una bonanza para las empresas carboníferas norteamericanas que exportan su producto al exterior, lo que no ha llevado  a ninguna reducción neta de las emisiones de carbono del mundo en su conjunto. En realidad, el caso es justo todo lo contrario, lo que deja en ridículo el argumento de que el gas natural es una especie de combustible de “transición” o “puente” a un futuro energético más limpio (dejando aparte los efectos intensamente contaminantes del proceso mismo de la fractura hidráulica o  “fracking”).

Acaso sea esta la razón por la que la administración de Obama abandonó recientemente su compromiso de mantener el aumento de la temperatura global por debajo del umbral absolutamente crucial de 20C, que había adoptado formalmente dos años antes. No ha de extrañar, pues el número de permisos de perforación otorgados en el Golfo de México va a sobrepasar la cifra concedida en 2007, y la producción será mayor,  tan solo dos años después del peor desastre medioambiental de la historia de los Estados Unidos:

Dos años después de que la Casa Blanca levantase la moratoria sobre perforaciones en aguas profundas tras el vertido de BP, los reguladores federales han emitido más permisos que nunca desde 2007, y mucha gente del sector espera que la producción petrolífera del Golfo de México pronto supere los niveles anteriores al vertido.

No cabe duda de que esta producción interior extra está ayudando a ConocoPhilips, la novena mayor empresa del mundo, a hacer ingente caja gracias al ecocidio planetario. ConocoPhilips anunció sus beneficios del tercer cuatrimestre el 25 de octubre, que llegaron a 18.000 millones de dólares, aunque la corporación recibe anualmente  600 millones de dólares en exenciones tributarias, mientras que se asienta sobre 1.300 millones de fondos de reserva, y el antiguo presidente de la empresa, James Mulva, “ganó” 18,92 millones de dólares como retribución total en 2011.

A la luz de la Frankenstormenta Sandy, apuesto a que Obama habría desearía ahora haber dejado una pequeña reserva de principios políticos para mencionar al menos el cambio climático en uno de los idiotizantes debates presidenciales, cuando los dos candidatos, siempre que hablaban de energía, discutían a ver quién exactamente podía quemar cantidades mayores de combustibles fósiles y transformar más raudamente la Tierra en un rescoldo de cenizas.

Tal como informa el New York Times, pese al hecho de que “incluso tras un año de temperaturas que han hecho trizas todos los registros, de sequías y derretimiento de los hielos del Ártico, ninguno de los moderadores de los cuatro debates de las elecciones generales hizo preguntas sobre el cambio climático, y tampoco ninguno de los candidatos abordó el asunto “, aparentemente los candidatos coinciden, no obstante, en que “Pese a todas sus disputas, el presidente Obama y Mitt Romney están de acuerdo en que el mundo se está calentando y que los seres humanos son al menos parcialmente responsables”. Sin embargo, el Times reconocía también que “no queda en absoluto claro qué planea hacer cualquier de los dos al respecto”.

Y además:

A lo largo de la campaña, Obama y Romney parecen haber sido de lo más resueltos en superar al otro como amantes del carbón, el petróleo y el gas natural, los mismos combustibles responsables de los crecientes niveles de dióxido de carbono en la atmósfera.   

De hecho, aunque la ciencia del cambio climático ha mejorado inmensamente y los pronunciamientos de los científicos han cobrado cada vez mayor autoridad  – por no decir que son desesperados- ¡ésta fue la primera serie de debates en la que no se mencionó el cambio climático en una generación! Desde los tiempos anteriores a las elecciones de 1988, cuando hasta el candidato republicano a la vicepresidencia Dan Quayle pensaba que se trataba de un problema que había que enfrentar, no había sucedido que el cambio climático no lo abordaran los candidatos durante ninguno de los debates.

No sólo carecían los candidatos claramente de interés por arrostrar la cuestión, tampoco lo tenía la moderadora del segundo debate, Candy Crowley, de la CNN. Pese a una petición firmada por no menos de 160.000 personas que pedían que los moderadores del debate incluyeran al menos una pregunta sobre el cambio climático, Crowley excusó su deliberada omisión sobre esta base: “Cambio climático, tenía la pregunta….Vosotros, la gente del cambio climático, ya sabéis, nosotros sabíamos que la economía sigue siendo lo principal”. Salvo que los candidatos consiguieron encontrar tiempo para debatir la cuestión del control de armas, que apenas si guarda relación directa con la economía.

A decir verdad, toda la razón por la que los candidatos no quieren discutir el cambio climático se debe precisamente a la economía, concretamente a la economía norteamericana, que depende, como ninguna otra en el mundo, de la energía de los combustibles fósiles.

Hablando después en una entrevista para la cadena MTV acerca de la absoluta ausencia de discusión del cambio climático en los debates, Obama expresó su “sorpresa” de que no hubiera aparecido…¡como si el presidente de los Estados unidos no tuviera la capacidad de plantear cuestiones en un debate presidencial!

Esto coloca efectivamente a Obama a la derecha del grupo Jóvenes Evangélicos en Acción sobre el Clima [Young Evangelicals for Climate Action]. Miembros del grupo compartieron su coche en ruta al segunda debate en Long Island con el fin de rezar en el aparcamiento para que se mencionara el cambio climático y adoptara medidas políticas gubernamentales como gravar fiscalmente las emisiones de carbono y ayudar a los pobres a enfrentarse a los efectos del cambio climático.

Si bien mantengo un desacuerdo táctico con respecto a la efectividad del método escogido, no podría estar más de acuerdo con el portavoz del grupo, Ben Lowe: “Es una larga lucha la que nos hemos comprometido a librar”.

De modo que la pregunta crucial resulta que es: ¿votar por Obama como el menor de dos males climáticos forma parte de esa larga lucha? Mi respuesta es la misma que da Chris Hedges en su excelente artículo en Truthdig, y consiste en un definitivo no:

Las elecciones de noviembre no son una batalla entre republicanos y demócratas. No son una batalla entre Barack Obama y Mitt Romney. Son una batalla entre el estado empresarial y nosotros. Y si no nos entregamos a esta batalla de inmediato, estamos acabados, como han dejado bien claro los científicos…

El estado empresarial ha librado con éxito una campaña de temor para dejar sin poder a votantes y ciudadanos. Al intimidar a los votantes por medio de un aluvión de propaganda con el mensaje de que los norteamericanos han de votar por el mal menor y que afirmarse de modo desafiante en favor de la justicia y la democracia resulta contraproducente, consolida la agenda de dominación empresarial que tratamos de desbaratar.

Esta campaña de miedo, hábilmente difundida gracias a los 2.500 millones de dólares gastados en propaganda política, ha silenciado la oposición política real. Ha convertido en parias a esos pocos políticos y líderes que tienen el valor de resistir, como Stein y Ralph Nader [candidatos del Partido Verde], a los que se niega voz en los debates y el discurso nacional. Capitulación, silencio y temor, con todo, no constituyen una estrategia. Garantizarán todo lo que tratamos de evitar.

Tal como apunta Hedges, a lo largo de la historia nuestro bando sólo ha conseguido algo cuando nos hemos organizado de modo independiente y hemos construido movimientos y partidos políticos fuera de y en oposición a los partidos y políticos de la corriente dominante. Tomemos, por ejemplo, el discurso del Estado de la Nación de Richard Nixon en 1970, que incluye una extensa discusión sobre la necesidad de afrontar  “La gran pregunta de los años 70” y si

¿Nos…rendiremos a nuestro entorno, o haremos las paces con la naturaleza y empezaremos a reparar los daños que le hemos infligido a nuestro aire, nuestras tierras y nuestras aguas?  

Devolver la naturaleza a su estado natural es una causa que rebasa partidos y facciones. Se ha convertido en una causa común a todas las gentes de este país. Es una causa de particular importancia para los jóvenes norteamericanos, porque ellos, más que nosotros, sufrirán las consecuencias de nuestra incapacidad de actuar en programas que se necesitan hoy si queremos impedir luego el desastre.      

Aire limpio, agua limpia, espacios abiertos, estos deberían ser derechos de nacimiento de todo norteamericano. Si actuamos hoy, pueden serlo.   

Aunque Nixon fuera incuestionablemente un megalómano de derechas que causó indecibles sufrimientos, matanzas y estragos ambientales en el Sudeste asiático, se sintió obligado, gracias a un creciente movimiento de masas sobre el terreno, independiente del Partido Demócrata, a refrenar el poder empresarial por medio de la creación de la Agencia de Protección Ambiental, la EPA (Environmental Protection Agency), y poner su firma enuna legislación relativa a mucha de las reglamentaciones más eficaces de las que disponemos todavía en los códigos.

Si bien yo tendería a pensar que el argumento de Nicholas Carne en un reciente artículo de opinión en el New York Times contradice su afirmación de que vivimos en una “gran democracia”, ilustra sin embargo lo que está sucediendo en las elecciones norteamericanas:

Se supone que las elecciones están para ofrecer opciones. Podemos recompensar a los que están en el cargo o podemos echar a los holgazanes. Podemos elegir entre republicanos o demócratas. Podemos escoger medidas políticas conservadores o progresistas.

En la mayoría de las elecciones, empero, no tenemos voz en algo importante: si estamos o no gobernados por los ricos. Para cuando llega la jornada electoral, esa elección ya la han tomado por lo general por nosotros. ¿Les gustaría que les representara un abogado millonario  un millonario  hombre de negocios? Hasta en nuestra gran democracia rara vez disponemos de la opción de elegir a alguien que no es parte de la élite.

Precisamente. Y estos representantes de la élite patrocinarán e impulsarán medidas políticas que favorezcan a su clase, no a la nuestra. Y si estas políticas contradicen una realidad más amplia, tal que ponga en cuestión la estabilidad misma del conjunto del sistema climático planetario, que así sea.  Lo que significa que estoy bastante más interesado en trabajar con la gente en forjar alianzas y construir un movimiento de justicia climática con cualquiera que quiera luchar contra la élite dominante en los 1460 días previos a la próxima competición entre los dos representantes del 1% empresarial de lo que lo estoy en si alguien está votando por el menor de dos males el 6 de noviembre.

En estas luchas, hay más probabilidades de que yo haga esto del brazo de los Jóvenes Evangelistas en Acción sobre el Clima que con Obama y su camarilla de operarios del Partido Demócrata.

Para muchos ambientalistas, parece más fácil imaginar el fin del mundo que el final del sistema económico y social que llamamos capitalismo. No sólo estoy en desacuerdo con ello como premisa. Si no nos deshacemos del capitalismo, no quedará mucho mundo que imaginar.

Así pues, aun en la medida en que construimos un movimiento de amplia base para luchar por reformas de verdad en el seno del sistema, para ralentizar el monstruo de un capitalismo desbocado, movido a base de combustibles fósiles que está creando Frankenstormentas y muchas más cosas en forma de destrozos ecológicos y sociales, nos hace falta contemplar una sistema social completamente distinto.

Esto significa ubicar el funcionamiento práctico e ideológico del capitalismo y la degradación medioambiental en un marco unificado que exige su substitución por un sistema basado en la cooperación, la democracia real, una producción sostenible dirigida a las necesidades y una Tierra mantenida en la confianza común de todas las gentes en interés de las futuras generaciones.

Sólo entonces, por medio de ese cambio revolucionario, podemos esperar evitar un desmembramiento cataclísmico de los ecosistemas globales mediante un cambio climático antropogénico.

Y el agente de ese cambio no está en las urnas. Pues hay otro modo de leer el Frankenstein de Mary Shelley, en el que el monstruo con el que el lector simpatiza, fabricado y traído a la vida por el burgués Dr. Frankenstein, se encuentra tan enfurecido por su opresión y explotación que representa el derrocamiento revolucionario de su creador y antagonista.

Dicho de otro modo, el Dr Frankenstein, muy al modo del capitalismo, ha creado su propio enterrador, en forma de trabajadores, campesinos y comunidades organizadas que deben luchar en calles, campos y bosques del mundo por nuestra emancipación y la de nuestro planeta.

Chris Williams es un veterano activista medioambiental, autor de Ecology and Socialism: Solutions to Capitalist Ecological Crisis (Haymarket, 2010). Dirige el departamento de ciencias del Packer Collegiate Institute y es profesor adjunto en la Pace University en el Departmento de Química y Ciencias Físicas.

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