Río + 20: el futuro que no queremos

Daniel Tanuro, Sin Permiso, 24 de junio de 2012

Veinte años después de la primera Cumbre de la Tierra, la ONU volvió a Río para una nueva conferencia bajo el signo de la “economía verde”. Bajo el título “El futuro que queremos”, el proyecto de resolución no levanta acta de ningún balance de las decisiones adoptadas en 1992. En cuanto a las perspectivas, la propaganda oficial nos quiere hacer creer que combinan el respeto por las limitaciones ambientales y la justicia social … Los textos muestran un proyecto totalmente diferente: la ayuda masiva a las empresas para acaparar y saquear aún más sistemáticamente los recursos naturales, a expensas de la sociedad. Inspirado sobre todo por el Banco Mundial y la Agencia Internacional de la Energía, “El futuro que queremos” es un documento radicalmente ultraliberal. Implica una mayor austeridad, miseria y desigualdad social, y una peligrosa escalada de la degradación ambiental. Una doble observación que refuerza la urgencia del combate eco-social por una alternativa al productivismo capitalista.

Una buena manera de escamotear el balance de una política es alinear los aspectos positivos y negativos alternativamente, dejándolo en la vaguedad y sin la integración de las dos dimensiones. En este viejo truco manido es el que se utiliza en el proyecto de resolución de Río +20. Se dice en el párrafo 10 que “en los veinte años transcurridos desde la Cumbre de la Tierra en el año 1992, se registraron avances y cambios”, y agrega a continuación que “el desarrollo insostenible ha aumentado la presión sobre los limitados recursos naturales de la Tierra”. Y así sucesivamente en varios párrafos. ¿Debemos creer que nos acercamos a la meta, cuando nos estamos alejando?

Ocultar este fracaso …

Ya que la ONU no evalúa sus decisiones, vamos a hacerlo nosotros mismos. La cumbre de 1992 aprobó principalmente la Convención Marco sobre el Cambio Climático (CMNUCC), de donde salió a duras penas el Protocolo de Kioto. Hace dos años fue formado el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). El cuarto informe (2007) de este organismo confirmó los anteriores: para que la temperatura de la superficie de la Tierra no supere un aumento de 2 grados centígrados en comparación con 1780, las emisiones de gases de efecto invernadero deben comenzar a disminuir, como más tarde, en el año 2015, para disminuir durante cuarenta años del 50 a 85% en todo el mundo, y del 80 al 95% en los países desarrollados, en comparación con 1990. (En realidad, sería prudente optar por la parte superior de estas bandas, ya que el calentamiento avanza más rápido que lo indicado por los modelos).

¿Todavía hay que demostrar que no avanzamos en este sentido? En general, todos los gases sumados, las emisiones han crecido por lo menos el 25% en veinte años. Además, su tasa de crecimiento anual se ha triplicado, llegando al 3% el año 2000 (3,4% en 2011). Los objetivos más que simbólicos de Kioto ni siquiera se respetan. Para atajar el calentamiento global, se necesita con urgencia un nuevo acuerdo internacional vinculante, proactivo e incluyente, teniendo debidamente en cuenta el principio (consagrado en la Convención) de responsabilidad compartida, pero diferenciada, de los países y grupos de países. Sin embargo, la creciente competencia intercapitalista, sobre todo desde la crisis financiera de 2008, hace que la conclusión sea más que dudosa.

La cumbre de Copenhague del 2009 fue un rotundo fracaso. Las de Cancún y Durban, en 2010 y 2011, no han hecho más que tomar nota de una lista de buenas intenciones – para adormecer las protestas- para hacer hincapié en las pseudo-soluciones liberales basadas en la creación de un mercado de carbono. Resultado: ya no es posible permanecer por debajo de un aumento de la temperatura de 2 grados centígrados. Sobre la base de las promesas de los estados (¿pero acaso se cumplirán?), la tendencia es, en realidad, hacia un calentamiento de entre 3,5 y 4 grados centígrados, o más, hasta finales del siglo.

Lo que se está produciendo no es un cambio climático, sino un vuelco climático. Y tendrá consecuencias graves e irreversibles sobre el nivel del mar, la productividad agrícola, los suministro de agua, la biodiversidad, la salud … Cientos de millones de personas sufrirán las consecuencias, sobre todo los pobres de los países pobres. En el proyecto de resolución, este fracaso se esconde bajo la alfombra con tres frases vacías: repite que “el cambio climático es uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo”, que “acoge con satisfacción el resultado de la Conferencia de Durban”, y expresa su “profunda preocupación por los países en desarrollo, que son particularmente vulnerables. ”

El párrafo 70 del proyecto de resolución es el único que propone objetivos numéricos y plazos. Dice: “Nos proponemos mejorar la eficiencia energética a todos los niveles para duplicar su tasa de crecimiento anual hasta el 2030 y doblar la cuota de energías renovables en el mix energético para el año 2030”. Escenarios tomados de la Agencia Internacional de la Energía, estos objetivos relativos no son garantía, por supuesto, de una reducción absoluta de las emisiones mundiales del 50 al 80%. Todo depende de la evolución de la demanda de energía. Ahora bien la AIE propuso duplicar la eficiencia energética en treinta años … y añade que la parte de los combustibles fósiles seguirá predominando.

Mejorar la eficiencia energética y la participación de las energías renovables son sólo un medio para lograr los objetivos: en concreto, la limitación del aumento de la temperatura a ese nivel, de donde se deduce la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en la misma proporción. La cumbre de Cancún adoptó el objetivo de limitar el aumento de la temperatura a 2 ° C , incluso 1,5 ° C … sin especificar los medios para ponerlo en práctica. Para Río +20, es todo lo contrario: el proyecto de resolución identifica los medios… sin haber fijado un objetivo.

Economía Verde

¿Por qué todo este lío? Porque la preocupación de la cumbre no es “erradicar la pobreza en el cuadro de un desarrollo sostenible”, como dice la propaganda de la ONU. Sino que trata de abrir oportunidades a la gran cantidad de capital excedente que pulula como buitres por el cielo en busca de ganancias. La especulación sobre las monedas, sobre las deudas y las materias primas ya no es suficiente para satisfacer su apetito. Los grandes grupos apuestan cada vez más por la industria verde y por la transformación de los recursos naturales en mercancías. Vender los bienes y servicios que la naturaleza nos proporciona – convertir esos valores de uso en valores de cambio- es su objetivo.

Es en este contexto donde surgió el nuevo concepto de moda: la llamada “economía verde”. Su definición es tan nebulosa [1] que algunos creen que es una nueva etiqueta en la vieja botella del desarrollo sostenible. Error. Como señala el informe que el PNUMA publicó para Río +20, “el concepto no pretende sustituir al de desarrollo sostenible, sin embargo cada vez más se reconoce que el logro del desarrollo sostenible depende casi en su totalidad de un buen enfoque económico ( …). El desarrollo sostenible sigue siendo un importante objetivo a largo plazo, pero para llegar a él es necesario “enverdecer” la economía “[2].

En otras palabras, la insostenibilidad del desarrollo no se debe a la superación de los límites ecológicos: es simplemente resultado de que los empresarios no entienden la necesidad de adoptar “un buen enfoque económico”. En lugar de perder el tiempo en buscar “compromisos” entre lo social, lo ambiental y lo económico – según recomienda el “desarrollo sostenible” – es suficiente centrarse en la economía, hacerla verde y el resto vendrá dado “casi en su totalidad”. El PNUMA lo escribe, blanco sobre negro: “la inevitabilidad de un compromiso entre la sostenibilidad ambiental y el progreso económico es el error más común”, porque “hay muchas oportunidades de inversión, y por lo tanto de aumentar la riqueza y el empleo en muchas zonas verdes”.

Un breve repaso en perspectiva aclarará el alcance de esta cita. Hace cuarenta años, el Club de Roma abogó por un “crecimiento cero”. Su informe planteaba una gran cantidad de críticas, a menudo justificadas (porque los autores coqueteaban con Malthus), pero tenían la ventaja de decir lo que era evidente: la imposibilidad de un crecimiento material ilimitado en un mundo finito. Quince años más tarde, el informe Brundlandt trató de resolver el problema proponiendo el concepto de desarrollo sostenible. Una respuesta inconsistente – no ponía en cuestión ni el productivismo inherente al capital ni a la burocracia de la URSS -, pero los límites estaban presentes, a través de la insistencia en el uso cuidadoso de los recursos. En Río de Janeiro en 1992, este énfasis se diluyó en la teoría de los “compromisos inevitables” entre los “tres pilares”. La “Economía verde” representa un nuevo cambio: en adelante, en nombre del compromiso, dejemos hacer negocios, business. Como el capital se niega a respetar los límites de los recursos, que sean los recursos los que respeten las necesidades ilimitadas del capital.

El avance del concepto de economía verde es, pues, una victoria de los ideólogos neoliberales. Durante más de veinte años, han luchado contra la idea misma de los límites del desarrollo (los más fanáticos) y contra la necesidad de “compromisos” entre la economía y los otros “pilares”. Uno de sus argumentos es que la propiedad y la explotación capitalista de los recursos en un marco normativo claro garantizaría su uso ecológicamente sostenible y socialmente útil. El Banco Mundial pone en práctica estas ideas con entusiasmo a través de sus diversos fondos y proyectos “verdes”. Recientemente, también ha publicado un informe [3]. El PNUMA se alinea completamente con esta doctrina.

Sin embargo, está lejos de estar todo tan claro. Surgen varias cuestiones. 1) Una proporción significativa de la industria verde, sólo es rentable potencialmente; la mayoría de las fuentes de energía renovables, en particular, no son competitivas en relación a los combustibles fósiles, y no lo serán en los próximos quince a veinte años. 2) Grandes masas de capital están bloqueadas en el sistema energético actual, donde las inversiones son a largo plazo; dos ejemplos: el costo total de reemplazar los combustibles fósiles y las centrales nucleares se estima entre 15 y 20 trillones de dólares (¡entre un cuarto a un tercio del PIB mundial!), y las reservas probadas de combustibles fósiles – que forman parte de los activos de grupos de presión del carbón, el petróleo y el gas -son cinco veces superiores al presupuesto de carbono que la humanidad aún puede permitirse el lujo de quemar (la “burbuja de carbono”) … 3) Una buena parte de los recursos naturales son bienes públicos que no pertenecen a nadie y no se pueden medir en términos monetarios.

La vuelta de los cercados

El capital no podrá ,por lo tanto, alcanzar su paraíso verde a menos que los estados le allanen el camino. El PNUMA lo afirma sin rodeos: “Los sectores de las finanzas y la inversión controlan miles de millones de dólares y son capaces de proporcionar el grueso de la financiación. (…) Los fondos de pensiones y compañías de seguros están considerando cada vez más la posibilidad de reducir los riesgos MSG (medioambientales, sociales y de gobierno) a través de la formación de “carteras de activos verdes …”. Sin embargo, la tasa de ganancia no es suficiente, por lo que “la financiación pública es esencial para activar la transformación de la economía”. Por lo tanto, “el buen enfoque económico” es llevar a cabo las “reformas necesarias para liberar el potencial de producción y el empleo de una economía verde”, que actuará “como un nuevo motor y no como un retardador del crecimiento”.

De acuerdo con la tesis ultraliberal de la “tragedia de los comunes”, la privatización de los recursos es una prioridad en este programa de “relanzamiento”. Para el PNUMA, en efecto, “la infravaloración, la mala gestión y, en última instancia, la pérdida” de los “servicios ambientales” han sido “provocados” por su “invisibilidad económica”, que se deriva del hecho de que son “sobre todo bienes y servicios públicos”. Por consiguiente: si los bosques, el agua, el aire, la tierra, la luz solar, las poblaciones de peces, la vida en general y la gestión de residuos se privatizaran por completo, sus propietarios deberían garantizar la sostenibilidad ecológica, ya que ésta condicionaría la sostenibilidad de sus beneficios y el coste auténtico impediría el consumo excesivo.

Por consiguiente, el PNUMA pasa revista a todas estas áreas, señalando las políticas a decidir a fin de que los diversos elementos del “capital natural” se puedan transformar en mercancías, a expensas de la comunidad. En el sector forestal, por ejemplo, aboga por “una asignación del 0,03% del PIB entre 2011 y 2050 para pagar a los propietarios por la conservación de sus bosques y la inversión privada en reforestación” para aumentar “el valor agregado de la industria forestal en más del 20%”. En el sector del agua, señala que “la brecha entre la oferta general y la demanda es importante e insostenible, por lo que sólo cubierta por la inversión en infraestructuras y la reforma de las políticas del agua, es decir, la ecologización del sector del agua. “Más ecológico” significa “mejores sistemas de derechos de propiedad y de asignación de recursos, la generalización del pago de los servicios ambientales, reducir los subsidios al consumo y la mejora de la facturación del agua y su financiación”. Todo es por el estilo. Se trata de la repetición en todo el planeta y en todas las áreas de los “cercados” de las tierras comunales, que en Inglaterra, llevaron a los campesinos a la pobreza, expulsándoles de sus tierras, creando así el proletariado.

Pero no es sólo la privatización. La transición a una economía verde significa que los gobiernos deben “establecer las reglas de juego más favorables a los productos ecológicos, es decir, abandonar la fase de las subvenciones de otros tiempos, reformar sus políticas, adoptar medidas que incentiven, fortalecer la infraestructura de los mercados y los mecanismos económicos, reorientar la inversión pública y reverdecer los mercados públicos “. Toda una panoplia de reformas neoliberales ha sido ya preparada, desde el sistema de emisiones canjeables hasta los pagos por servicios ambientales (con REDD y REDD + controladores citados como ejemplos), a través de la liberalización del comercio mundial. Como la economía verde debe ser competitiva y “rentable”, el programa también incluye la flexibilidad, la precariedad laboral, y la disminución de las “cargas sociales ” – eventualmente para compensar los impuestos medioambientales, tomando como ejemplo lo que se ha hecho en Alemania. Todo en nombre del empleo, por supuesto.

La lucha ecosocialista

No es broma, “El futuro que queremos” llama a un “enfoque holístico del desarrollo sostenible, que guiará a la humanidad hacia una vida armoniosa con la naturaleza (sic)”. ¡Qué bla,bla,bla, qué cinismo!

En materia social, dada la enorme deuda de los estados, la financiación de la llamada “economía verde” implica necesariamente la acentuación de la brutal ofensiva que los empresarios, los gobiernos, el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones llevan a cabo contra el “99%” de la población, de norte a sur y de este a oeste del planeta.

En materia ambiental, no hay foto tampoco. Para trazar la ruta de la transición a una economía verde, el PNUMA se basa principalmente en el escenario Mapa Azul de la AIE, para reducir las emisiones a la mitad el año 2050. En primer lugar, suponiendo que el objetivo se cumpla, lo más probable es que fuera insuficiente. Además, el Mapa Azul depende de manera determinante de las tecnologías de los aprendices de brujo como son la nuclear, los biocombustibles y el llamado “carbón limpio” (con captura y secuestro de carbono): se deberían construir anualmente durante cuarenta años, 32 plantas de energía nuclear de 1.000 MW, así como 45 nuevas centrales de carbón de 500 MW equipadas con mecanismos de captura y almacenamiento de carbono con CCS …

Río+20 es el mejor ejemplo del “futuro que no queremos”, aquel que lleva a la destrucción social y ecológica provocada por el capitalismo. El interés de los explotados y oprimidos es bloquearla con su lucha ecosocialista, contraponiendo sistemáticamente a la lógica del crecimiento y del beneficio, la lógica alternativa de la satisfacción de las necesidades humanas reales, decididas democráticamente en el respeto prudente de los ecosistemas.

Notas: [1] Véase en especial Naciones Unidas, Estudio Económico y Social Mundial 2011, “La Gran Transformación Tecnológica Verde”, p. V.; [2] PNUMA, “Hacia una Economía Verde”, 2011; [3] Banco Mundial, 2011, “Crecimiento Verde Inclusivo: el camino hacia el desarrollo sostenible”.

Daniel Tanuro, ingeniero agrónomo y ecologista, es colaborador del periódico La Gauche

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Alfons Bech

Uma resposta

  1. Rio+20 – Poucas decisões, mas há mudança de paradigma.

    Lembra-se da estória dos ratos que, dado a ameaça de um novo gato que despontou na região, decidiram que a solução definitiva do problema seria colocar uma sineta no pescoço do gato? Devem lembrar, também, do desfecho: o plano infalível não deu certo, pois ninguém se ofereceu, entre os ratos, para colocar a sineta no gato.

    Reflitam um pouco em relação ao espaço histórico entre a Conferência de Estocolmo e a Rio+20. Qualquer semelhança deve ser motivo de uma saudável e profunda reflexão.

    Na realidade, ao longo do caminho, um conflito explícito ou não de inevitáveis interesses econômicos, entre os países desenvolvidos – que não querem parar de crescer – e os emergentes (que precisam crescer).

    Em relação a Rio+20, entre novas frases recheadas de velhos temas, fica evidente uma mudança de paradigma: a necessidade da sociedade – não apenas os iniciados no assunto – ser inserida na discussão e decisões relativas ao cenário ambiental, local e global.

    O conceito do Desenvolvimento Sustentado – foco simultâneo da análise das variáveis econômicas, sociais e ambientais – agora passa a incorporar (não apenas na concepção, mas na prática) a necessidade de levar em conta o que a sociedade (quarto ponto de enfoque) “percebe”, “deseja” e “está disposta a pagar” quando se procura aplicar o princípio do Desenvolvimento Sustentado.

    Da velha geometria sabemos que por três pontos não alinhados – focos econômico, ambiental e social – passa sempre um, e somente um, plano. As coisas mudam quanto aparece um quarto ponto – sociedade – onde, por consequência, necessariamente, não há um plano único que atenda aos quatro pontos.

    A procura da Sustentabilidade é a conciliação dos muitos planos, tendo como pano de fundo a percepção ambiental, social e econômica da sociedade.

    Para alguns pode parecer que a mudança é de pouca importância; muito pelo contrário, se efetivamente adotada irá gerar condições mais favoráveis, decorrentes da pressão da sociedade consciente, frente ao segmento político, agente que comanda todo o processo.

    Claro que não será uma mudança brusca, uma vez que a sociedade precisa reconhecer o seu papel neste processo e, sobretudo, procurar se preparar para ocupar seu espaço de participação nas decisões.

    Será a sociedade que irá pagar a conta que terá de ser assumida na solução da problemática ambiental que vivenciamos. Isso, pois esta mesma sociedade ainda não se apercebeu que já está pagando a conta (sem saber) da fase de procura de quem irá “colocar a sineta no gato”.

    Concluindo: com a participação da sociedade será possível afastar o gato e não apenas colocar a “sineta no pescoço do gato”.

    Alguém tem dúvida disso?

    Roosevelt S. Fernandes, M. Sc.
    Conselheiro do Conselho de Meio Ambiente da FINDES e do Conselho de Meio Ambiente e Recursos Hídricos da FAES, bem como do CONSEMA e CERH e do Fórum Estadual de Mudanças Climáticas (ES)
    roosevelt@ebrnet.com.br

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