EE UU: el género de “Occupy Wall Street”

Cinzia Arruza, Viento Sur, 8 de mayo de 2012

El movimiento “Occupy Wall Street” (OWS) vino a llenar el vacío ocasionado por la ausencia de movimientos unitarios a escala nacional y la extrema fragmentación de las luchas sociales. La crisis económica y la evidente injusticia de las políticas de austeridad aplicadas por el Gobierno crearon las condiciones para una nueva explosión social. El primer gran logro del movimiento OWS fue el de haber hecho frente al riesgo de ascenso de una derecha racista y ultraliberal, que siempre es un posible resultado de toda crisis económica, particularmente ahora que cunde la frustración de las grandes esperanzas que despertó la elección de Obama. OWS también permitió que volvieran a confluir luchas parciales y se divulgaran numerosas experiencias de resistencia y protesta que, en su aislamiento de la última década, pasaron inadvertidas en el fragor de las batallas políticas del mundo oficial.

El discurso en torno a la noción del 99% representó sin duda uno de los principales elementos de la eficacia simbólica y comunicativa del movimiento: apelaba a la fuerza de los números, sacó a relucir de golpe la profunda injusticia del capitalismo neoliberal y estimuló un sentimiento de pertenencia, de solidaridad directa entre los integrantes del 99%. Sin embargo, a fin de evitar que se reinterprete en un sentido populista, era y sigue siendo preciso articular el discurso del 99%. No solo la sociedad capitalista se compone de más de dos clases, sino que incluso el campo de los explotados y oprimidos está marcado por divisiones, condiciones dispares, experiencias distintas y en parte intereses inmediatos divergentes.

El hecho de que al principio el movimiento no fuera consciente de este factor fundamental lo demuestra el episodio relatado por Manissa Maharawal en relación con el debate en torno a la Declaración de la Ocupación de Wall Street el pasado mes de septiembre. La primera frase del documento decía así: “Somos un pueblo, antes dividido por el color de nuestra piel, el género, la orientación sexual, la religión o la falta de ella, la pertenencia a un partido político o el entorno cultural, y reconocemos la realidad de que no existe más que una raza, el género humano…”. Manissa y sus amigas tuvieron que levantarse y “bloquear” la discusión, impartiendo a las personas reunidas en la asamblea un curso acelerado sobre privilegios de los blancos, racismo estructural y opresión, hasta que al final se suprimió la frase.

La expresión “antes dividido” del proyecto inicial revelaba, en efecto, cierta dificultad –por no decir resistencia– para comprender que las divisiones raciales, sexuales o de género no son simplemente el fruto de una falsa conciencia o de supuestos ideológicos amañados, que se pueden superar inmediatamente o como por arte de magia en el marco de la lucha apelando simplemente a la unidad del “género humano”. Por el contrario, tienen una sólida base material, desempeñan un papel decisivo en la reproducción de las relaciones capitalistas, generan toda una serie de hábitos y comportamientos sedimentados y se nutren de la atracción de los intereses inmediatos. De ahí que lo que haga falta para abordarlas no es la alquimia, sino una estrategia política.

Entre la atomización en cientos de identidades distintas, todas caracterizadas por diversas formas de opresión y explotación, y el deseo de unidad y homogeneización en nombre del “género humano”, o de mágica negación inmediata de todos los aspectos de las relaciones capitalistas, podría parecer que apenas queda espacio para un punto de vista alternativo. Sin embargo, hay una cosa interesante en el relato de Manissa. Frente a la primera frase de infausta memoria de la Declaración, a pesar de la resistencia que se opuso a su “bloqueo” y a la inicial incomprensión de sus razones, ella no tiró la toalla. Se mantuvo firme e insistió en que “para que este movimiento sea inclusivo, tiene que reconocer estas realidades y hallar maneras creativas de abordarlas en vez de ignorarlas”. En otras palabras, implícitamente planteó la cuestión de la estrategia, del marco temporal necesario que separa y al mismo tiempo enlaza la situación actual y el objetivo de abolir las diferencias jerarquizantes y la cuestión de las prácticas necesarias para superar esas divisorias existentes en el interior del movimiento. Ella y sus amigas ganaron y se cambió la Declaración.

Lucha de clases

Si rememoro este episodio no es para destacar la frecuente resistencia de los movimientos sociales a reconocer en su justa medida la complejidad de las relaciones de clase, género y raza, una dificultad que a menudo da lugar a la creación de formas organizativas no mixtas para sobrellevar estas cuestiones y evitar la artimaña de un universalismo tan solo aparente, sino que lo que me parece especialmente interesante es el surgimiento de un nuevo espacio creado por el movimiento OWS, un espacio que podría ayudar a superar el divorcio entre política de clase y género, inclinación sexual y raza. El ambiguo lema del 99% contra el 1%, aunque emplea un lenguaje nuevo y nuevas formas discursivas, sirvió para situar de nuevo en el centro del discurso político estadounidense la cuestión de las relaciones de clase. Si esto solamente estuvo implícito y no saltaba a la vista en las primeras semanas del movimiento, particularmente en Nueva York, quedó más claro con el llamamiento a la huelga general en Oakland el 2 de noviembre.

Con esto no quiero decir que el movimiento OWS lograra movilizar masivamente a la clase obrera de todo el país; al contrario, la movilización de la clase obrera, en todas las diversas formas en que puede producirse, es justamente lo que hará falta en los próximos meses si el movimiento quiere sobrevivir, extenderse y si es posible conseguir más que un simple cambio del discurso político. Sin embargo, el lema del 99%, el poder catalizador del movimiento, el resurgimiento de un espacio público en el que pueden establecerse alianzas entre luchas fragmentadas y dispersas, ha abierto al menos la posibilidad de una nueva ola de lucha de clases. Esto se debe a que ha devuelto la legitimidad política a la lucha de clases después de décadas de deslegitimación política y cultural, de rechazo, supresión y olvido.

Es precisamente este resurgimiento de la política de clase el que plantea una cuestión crucial para el pensamiento feminista actual. En su artículo “El feminismo, el capitalismo y la astucia de la historia”/1, Nancy Fraser, refiriéndose a las últimas décadas de pensamiento feminista y al divorcio creciente entre la política de clase y la política de género, señala que “con la fragmentación de la crítica feminista se produjo la incorporación selectiva y la recuperación parcial de parte de sus corrientes. Separadas unas de otras y de la crítica social que las había integrado, las esperanzas de la segunda ola feminista se reclutaron al servicio de un proyecto que divergía por completo de nuestra visión integral más amplia de una sociedad justa. En un hermoso ejemplo de la astucia de la historia, los deseos utópicos encontraron una segunda vida a modo de corrientes de sentimiento que legitimaron la transición a una nueva forma de capitalismo: posfordista, transnacional, neoliberal.”

En efecto, la utilización del discurso feminista para justificar las invasiones de Irak y Afganistán o las leyes racistas contra los musulmanes en Francia; el agresivo feminismo de derechas al estilo de Sarah Palin; la mercantilización de las identidades sexuales, incluidas las homosexuales, transexuales, bisexuales y queer, con la aparición de nuevas tipologías de consumidores y sectores de mercado: todo esto debería invitarnos sin duda a repensar cuidadosamente el divorcio entre la política de género y la política de clase y el subsiguiente rechazo del discurso de clase en general en el mundo académico, lo que permitió que el discurso feminista y después el discurso queer estuvieran disponibles para la integración institucional y capitalista.

Fraser concluye el artículo proponiendo que ha llegado el momento de que las feministas se mentalicen y vuelvan a conectar la crítica feminista con la crítica del capitalismo, resituando de esta manera el “feminismo claramente en la izquierda”. El artículo se publicó en 2009, justo al comienzo de una crisis financiera y económica mundial como casi nunca se ha visto, en medio del fracaso del modelo neoliberal y dos años antes del hecho repentino, inesperado y reconfortante que ha venido en llamarse movimiento OWS. Si el diagnóstico de Fraser sobre el callejón sin salida en que se ha metido el pensamiento feminista actual es correcto, cabe esperar que la sacudida producida por este estado de “excepción normal” que caracteriza el periodo en que nos hallamos nos ayude a encontrar la manera de salir de esta situación. En particular, mi idea es que el movimiento OWS podría brindarnos una oportunidad concreta para aceptar la invitación de Fraser de “mentalizarnos” y confrontar nuestra crítica feminista con una experiencia concreta, la de las nuevas formas de subjetivación y de lucha política y social de los últimos meses.

Sumar o articular

Esto implicaría por lo menos dos cosas. La primera, en el plano teórico, es una nueva disposición a analizar seriamente las relaciones entre la opresión de género, las identidades sexuales y el capitalismo tardío. La teoría marxista actual ofrece una comprensión mucho más sofisticada, no reduccionista, de formaciones sociales concretas y la interacción entre formas de opresión por un lado y el proceso de extorsión de la plusvalía y la realización del valor por otro. Dicho de otro modo, gran parte de la literatura marxista ha estudiado a fondo la relación entre “los discursos con los que hacemos que el mundo sea inteligible y las estructuras de acumulación y trabajo”, por utilizar una formulación de Rosemary Hennessy. De este modo ha superado en gran medida el trillado modelo base-superestructura, ofreciendo así potentes instrumentos que podemos utilizar para comprender las relaciones entre género, sexualidad y acumulación capitalista.

La segunda medida necesaria consiste en reflexionar sobre la manera en que una crítica feminista puede ayudar a dar impulso al movimiento, contribuyendo a una nueva comprensión de lo que es y debería ser la lucha social y de clases, y siendo al mismo tiempo una parte integrante del movimiento. Para ser más claros, creo que la experiencia práctica del movimiento OWS cuestiona las opciones a menudo separatistas y aislacionistas de la política identitaria, así como la tendencia de las últimas décadas hacia una creciente despolitización, en particular, del discurso de género. Esto se debe, en primer lugar, y como ya he dicho antes, a que puso de manifiesto el poder de atracción y evocador de la unidad de las luchas, especialmente en una situación de crisis vertical de la política neoliberal y de disipación de las ilusiones de bienestar prometido por el capitalismo tardío; y en segundo lugar, a que en el seno de su estructura organizativa horizontal han podido expresarse numerosas formas de activación, acción y subjetivación. A pesar de algunas dificultades y episodios de machismo indudable, el movimiento OWS se ha caracterizado por un intento fundamental de ser lo más inclusivo posible. Esta experiencia ha sido por tanto, sin duda alguna, un buen primer paso en dirección a la repolitización del discurso de género y una posible alianza estratégica entre diferentes luchas sociales con diversos protagonistas y agentes.

Sin embargo, el riesgo es que en su afán de ser inclusivo, el movimiento se limite a sumar simplemente actividades, acciones e iniciativas separadas y casi independientes, es decir, que se convierta en una especie de “cajón de sastre”, con mucho buen rollo pero muy escasa eficacia. Este tipo de tendencia se pone de manifiesto, por ejemplo, en la extrema proliferación de grupos de trabajo y de afinidad dentro del movimiento OWS en Nueva York: en el sitio web de la Asamblea General de esta ciudad aparecen actualmente 103 grupos. Entre grupos de meditación, terapias alternativas, infusiones y hierbas medicinales, Occupy Yoga y un “grupo guerrero” de 6 miembros, también figura WOW (Women Occupying Wall Street), una agrupación LGBTIQA2Z, un grupo de trabajo de gente de color, otro de autoayuda de mujeres, etc.

Aunque esta explosión de creatividad y vitalidad es sin duda un signo positivo y refleja un deseo legítimo de establecer relaciones sociales alternativas, el riesgo consiste en cultivar la ilusión de que la simple suma y coexistencia en un mismo espacio político y social de diferentes grupos, identidades, iniciativas y luchas será suficiente. El riesgo inherente a la lógica de la suma aritmética de las distintas identidades y de sus luchas estriba además en una deriva hacia la cristalización de identidades y por tanto de nuevo hacia la despolitización de la cuestión de la identidad en general. En cambio, en mi opinión lo que urge ahora es la articulación estratégica mutua tanto de las identidades como de la variedad de luchas diferentes. Esto implica, por un lado, la identificación de objetivos y acciones comunes, teniendo en cuenta la diversidad de condiciones y necesidades determinadas por las distintas formas de opresión interrelacionadas y, por otro, la identificación de prácticas inclusivas y formas internas de capacitación de grupos desfavorecidos incluidos en el famoso 99%. Puesto que a menudo llegan algunas respuestas del propio movimiento, para concretar citaré un ejemplo que podría apuntar en esta dirección.

El llamamiento de Occupy Oakland a una huelga general el 1º de mayo dice: “En 2011, el número de trabajadores sindicados en EE UU era del 11,8 %, o sea, de unos 14,8 millones de personas. Estas cifras dejan fuera a millones de personas de este país que están en paro o subempleadas. Dejan fuera a las personas indocumentadas, a las empleadas domésticas y obreros manuales que proceden en gran parte de comunidades inmigrantes. Dejan fuera a las trabajadoras cuyo puesto de trabajo es el hogar y toda una economía invisible de trabajo reproductivo no remunerado. Las cifras dejan fuera a estudiantes que han contraído deudas por un importe total de casi 1.000 billones de dólares y que suelen estar pluriempleados para poder pagar las astronómicas tasas universitarias. Las cifras dejan fuera al enorme porcentaje de ciudadanos negros encerrados en las cárceles o sin acceso a un empleo estable y seguro debido al racismo de nuestra sociedad.”

Claro que este texto tiene el problema de que puede suscitar una oposición entre los trabajadores sindicados por un lado y los no sindicados y desempleados por otro; esta contraposición sería contraproducente y conviene evitarla a toda costa. Al mismo tiempo, la declaración de Oakland plantea una cuestión crucial: hay que repensar qué significa una huelga en una situación en la que la composición social y la organización del movimiento obrero han cambiado radicalmente, en la que aumenta la tasa de paro, en la que las personas desempleadas, mujeres, negros e inmigrantes representan una parte importante y cada vez mayor de la clase trabajadora ocupada y en la que los procesos de subjetivación de la clase obrera no son los mismos que conocimos en el pasado. Esto exige imaginar vías diferentes de bloquear la producción y circulación de mercancías, incluida la posibilidad de utilizar formas variables de participación en la huelga, involucrando también el ámbito de la reproducción y repensando los lugares de apoderamiento democrático de los diferentes sectores que constituyen la clase obrera. Más allá del debate sobre la viabilidad o la utilidad de un llamamiento a la huelga general el 1º de mayo, lo que creo que está realmente en juego en esta experiencia práctica es la posibilidad de repensar qué significa la lucha de clases, volviendo a abrir un espacio en el que puedan articularse entre sí las necesidades, condiciones y procesos particulares de subjetivación de distintos sectores sociales y de distintas identidades.

Así que ahí nos enfrentamos a un reto práctico como pensadoras y activistas feministas: si queremos evitar que nuestra crítica sea integrada sistemáticamente por un discurso capitalista y que una forma de opresión sea sustituida simplemente por otra, ¿de qué manera podemos contribuir a esta articulación estratégica y recíproca de diferentes luchas? Por ejemplo, ¿qué significaría nuestra participación en una huelga general de nuevo tipo o en una jornada sin el 99%? En última instancia, ¿qué clase de sujetos de esta lucha común queremos ser?

30/4/2012

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article25055

Cinzia Arruzza ha sido dirigente de Sinistra Critica en Italia. Ahora es profesora ayudante de Filosofía en la New School for Social Research de Nueva York y milita en Solidarity.

Traducción: VIENTO SUR

Notas

/1 New Left Review [edición en castellano] nº 56, p. 97-117

Deixe uma resposta

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair / Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair / Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair / Alterar )

Foto do Google+

Você está comentando utilizando sua conta Google+. Sair / Alterar )

Conectando a %s

%d blogueiros gostam disto: