ntropología. Sobre el origen de las guerras y las sociedades sin guerra

Daniel Tanuro, Viento Sur, 4 de mayo de 2012

He aquí un libro muy interesante sobre un tema que, si no me equivoco, los autores marxistas han tratado poco: el origen de la guerra Raymond C. Kelly, (Warless Societies and the Origin of war, The University of Michigan Press, 2000). Nuestros primos los grandes primates no montan guerras, así que cabe preguntarse si la guerra es una característica peculiar del género humano. Si no lo es, ¿cuándo y cómo apareció? Salta a la vista que el interés de la cuestión no es únicamente académico, sino también político y programático. En efecto, si es posible identificar los factores que han permitido que la guerra aparezca en un determinado momento de la historia de la humanidad, es probable que se puedan sacar lecciones de cara a avanzar hacia una sociedad sin guerra.

Se puede establecer un paralelismo con el comunismo: del mismo modo que la existencia en el pasado de sociedades sin clases muestra una serie de condiciones para la realización del proyecto comunista (la abolición de la división social del trabajo, por ejemplo), la existencia en el pasado de sociedades sin guerras ayudaría a marcar la perspectiva de una sociedad sin enfrentamientos colectivos organizados. Algunos replican que el comunismo será por fuerza una sociedad sin guerra… Por desgracia, nada es menos cierto: en todo caso, según los antropólogos, muchos grupos humanos que vivían en el estadio del comunismo “primitivo” guerreaban. No cabe duda de que la guerra existía antes de la división de la sociedad en clases. Las dos cuestiones –la abolición de las clases y la desaparición de la guerra– son por tanto relativamente distintas.

Guerra y violencia

Así pues, ¿qué nos enseña la obra de Raymond Kelly? Que las sociedades sin guerra existen, que no son excepcionales en la muestra de sociedades estudiadas por los antropólogos modernos, pero que no por ello son pacíficas. Las sociedades sin guerra tienen, desde luego, dos características “no violentas”: su organización es no coercitiva y la educación de los niños es permisiva, pero por lo demás no son sociedades sin violencia. En este sentido, los elementos recopilados por Kelly son ilustrativos. Los porcentajes de homicidios en las sociedades sin guerra son relativamente elevados (más altos, en algunos casos, que en algunas sociedades guerreras); en ellas, la violencia entre cónyuges es frecuente (a iniciativa de los hombres); la mayor parte de los homicidios los comete un hombre contra un hombre; la violencia entre mujeres apenas es menos frecuente que la violencia entre hombres y, si no es letal, es proporcionalmente más grave que esta última; los conflictos entre hombres se originan más bien por motivos económicos, y los conflictos entre mujeres más bien por causas relacionadas con el adulterio (aunque el adulterio también tiene una dimensión económica);… En suma, estamos lejos de las visiones paradisiacas del “buen salvaje”.

La conclusión que se desprende de este examen es que la guerra no es, como se imagina a menudo, fruto de una acumulación de violencia social creciente (violencia contra los niños, conflictos entre hombres por el control de las mujeres, violencia de los hombres contra las mujeres, etc.). Es por tanto esencial definir bien qué es la guerra y no confundirla con otras formas de violencia, como el homicidio. Frente a estas otras formas, la guerra se caracteriza por ser una actividad colectiva preparada a partir de una concepción compartida que pretende que el mal hecho a un individuo del grupo afecta al conjunto del grupo y puede repararse legítimamente mediante un acto de violencia contra cualquier individuo del otro grupo.

Según Kelly, es este principio de sustitución social en la reparación el que determina la existencia de la guerra como forma específica de violencia. “La guerra se basa en la aplicación de un mecanismo de sustitución social en casos de conflicto, de manera que estos se conciben como asuntos que atañen a todo el grupo. […] Lo que caracteriza a las sociedades sin guerra no es la ausencia de homicidios, sino más bien una respuesta al homicidio en la que no se plantea la noción de sustitución social. [En estas sociedades, en caso de homicidio] no se atribuye la responsabilidad a alguien que no sea la persona que ha perpetrado el homicidio y no se pretende hacer pagar el precio de sangre a ninguna otra persona.” (p. 41) La ejecución de un criminal es legítima, incluso a los ojos de su propia familia. Ocurre a menudo que los parientes de la víctima renuncian a aplicar la pena, pero si no renuncian, no por ello se desencadena la venganza de la otra parte. Y la venganza es la forma elemental de la guerra, según Kelly.

Guerra, matrimonio y segmentación social

El autor trata entonces de identificar los mecanismos que explican la aparición del concepto de sustitución social. Puesto que la gran mayoría de sociedades sin guerra son sociedades de cazadores-recolectores, compara las tribus de cazadores-recolectores que hacen la guerra con las que no la hacen. Observa de entrada que estas últimas no tienen ningún mecanismo común de gestión o resolución no violenta de los conflictos (al contrario, los conflictos se resuelven mediante actos de violencia interpersonal que, en algunos casos, se canalizan a través de duelos organizados por el grupo). Por tanto, no es en este plano donde se encuentra la clave del enigma. En cambio, las sociedades sin guerra se distinguen claramente por su organización: son sociedades “no segmentadas”, es decir, formaciones carentes de cualquier otra estructuración distinta del grupo local, que no se compone más que de familias (nucleares o poligámicas), sin que esta composición familiar sea rígida. Por otro lado, las sociedades segmentadas se caracterizan por el hecho de que el grupo abarca familias bien delimitadas que comprenden una serie de patrilinajes inclusivos, de los que algunos constituyen un clan, un subclan, etc. La segmentación y la sustitución social suelen ir de la mano, señala Kelly, porque “las familias específicas que forman un patrilinaje (la descendencia de un ancestro masculino a través de sus hijos) son las que están dirigidas por los hijos y los hijos de los hijos de una serie de hermanos, de modo que la equivalencia entre niños del mismo sexo está codificada” (p. 46). De este modo surgió el espíritu de grupo sin el cual no habría ni responsabilidad de grupo ni venganza de grupo, y por consiguiente tampoco habría guerra.

La forma del matrimonio es determinante para la diferencia entre estos dos tipos de organización. En las sociedades no segmentadas, el matrimonio vincula al hombre con la familia de su esposa, y viceversa, y existen uniones matrimoniales entre individuos de distintos grupos locales, que crean lazos y afinidades. Sin embargo, el matrimonio no se conceptualiza como una transacción entre grupos y no viene acompañado de ninguna transmisión de bienes. La esposa y el esposo no aparecen como representantes de una colectividad. Prácticas típicas del matrimonio concebido como un intercambio entre grupos o un medio para consolidar un grupo, como las uniones preferentes entre primos, el pago de dotes, etc., no existen en las sociedades no segmentadas. En cambio, en ellas está muy extendido el “servicio de la casada”. Kelly señala que a menudo el marido se instala en casa de la familia de su mujer, donde la nueva pareja permanece durante varios años. En este periodo, el joven ofrece a su nueva familia servicios, una parte de lo que caza, objetos que fabrica, etc. Este es un aspecto importante, porque como indica el autor, “el ‘servicio de la casada’ suele separar a los hermanos, ya que cada uno entra en la órbita de la familia de su esposa durante cierto tiempo, lo que interrumpe la cohabitación entre hermanos en los primeros años de la edad adulta. De este modo, la relación que encarna la sustitución social en las sociedades en que esta está muy desarrollada se ve socavada por las prácticas matrimoniales en las sociedades no segmentadas o una parte significativa de las mismas.” (p. 48)

Guerra y excedente social

Los estudios recopilados por Kelly muestran una correlación muy fuerte entre la ausencia de segmentación de las sociedades de cazadores-recolectores y la escasa frecuencia (o inexistencia) de guerras. Otra correlación fuerte aparece entre la práctica de la dote matrimonial y la responsabilidad del grupo sobre la venganza, condición necesaria para que se desarrolle la guerra. Otro dato interesante refleja la importancia de las formas de unión: la frecuencia de las guerras es inversamente proporcional a la proporción de matrimonios fuera del grupo local (exogamia).

En cambio, en estas sociedades no se observa ninguna correlación entre la frecuencia de la guerra, por un lado, y la densidad de la población o su carácter sedentario, por otro. Esto desmiente las teorías que hacen coincidir el origen de la guerra con cierto umbral de población o con el fin del nomadismo. Kelly observa a este respecto que ciertas tribus enteramente nómadas figuran entre las más guerreras de las sociedades de cazadores-recolectores; se trata precisamente de grupos segmentados. No cabe duda, por tanto, que es en esta segmentación, y no en la sedentarización, donde hay que buscar la causa determinante de la aparición de la guerra.

Como buen materialista, uno se pregunta por el posible lazo entre el cambio de las formas de organización social (no segmentada/segmentada) y el desarrollo de las fuerzas productivas, en particular la aparición de un excedente social. “Ninguna de las sociedades no segmentadas de cazadores-recolectores (conocida) ha desarrollado una capacidad de acumulación de reservas”, señala Kelly. Pero algunas de esas sociedades se han segmentado y, de este modo, se han vuelto guerreras. ¿Por qué? ¿Debido a qué cambios de sus condiciones materiales de existencia? El libro de Kelly no responde a esta pregunta, pero una cosa es cierta: en su forma elemental, la guerra existía antes de que se produjeran excedentes sociales estables.

Sin embargo, Kelly explica que el desarrollo de una capacidad de acumulación de reservas de alimentos parece haber favorecido la segmentación social, y por tanto la guerra, modificando al mismo tiempo las formas de esta (ya que las reservas de alimentos pasaron a ser evidentemente un objetivo estratégico). “El almacenamiento de alimentos y la segmentación organizativa van de la mano, escribe. Es probable que el almacenamiento sustancial de alimentos haya aparecido en un contexto en que la guerra era poco frecuente y por tanto en un sistema regional de sociedades no segmentadas de cazadores-recolectores, pero que haya originado cambios en materia de economía política, lo que a fin de cuentas comportaría un cambio de organización, particularmente en un contexto en que aumentó la frecuencia de la guerra. Es muy posible que la transformación del carácter de la guerra causada por la existencia de reservas de alimentos haya influido en estos cambios.”

La guerra, invención reciente

Kelly deduce de sus investigaciones que la humanidad ha vivido sin guerras durante la mayor parte de su historia. En particular, la colonización del planeta en el paleolítico superior la llevaron a cabo sociedades no segmentadas y por tanto pacíficas. En determinadas circunstancias de escasez, estas sociedades pudieron conocer conflictos espontáneos en torno al acceso a los recursos. Los antropólogos han observado fenómenos de este tipo en ciertos pueblos de cazadores-recolectores de la época moderna, pero por lo general la precariedad de la existencia favoreció más bien la cooperación entre grupos.

Kelly calcula que la transición a las sociedades segmentadas comenzó no antes de hace 10.000 años (salvo en el valle del Nilo, sin duda). Previamente, la humanidad, según él, desconocía la guerra. Conocía la violencia interpersonal, pero el cuadro que pinta el autor no tiene nada que ver con lo que experimentamos en la sociedad capitalista. Sobre la base del estudio de los grupos de cazadores-recolectores que existen actualmente, Kelley estima que “el homicidio, la ejecución de un asesino (la pena capital) y los conflictos espontáneos, potencialmente mortales, en torno a los recursos eran sucesos raros desde el punto de vista de un individuo, en el sentido de que la violencia letal probablemente solo aparecía una vez cada cien años en el seno de su propio grupo (o cada veinte años en una franja territorial de cinco grupos vecinos)”.

El autor no deja de subrayar que la imagen que describe es diametralmente opuesta a la visión difundida por la clase dominante, según la cual la guerra es una tendencia de la naturaleza humana que requiere, para contrarrestarla, la formación de un Estado y un gobierno imparciales. Cita el Leviatán de Hobbes: “La naturaleza humana fue el origen de una propensión generalizada a la guerra que generó la necesidad de una forma de gobierno global para garantizar la paz, e hizo comprender que este gobierno era realizable mediante la aplicación de la Razón.” Está claro que esa “pesadilla en que se cree que los individuos (de las sociedades llamadas ‘primitivas’) convivieron permanentemente con la obsesión de una muerte violenta no existió jamás”, concluye Kelly. Los marxistas no se sorprenderán ante esta afirmación, pues saben que esta manera de presentar el Estado como un progreso de la humanidad solo sirve para justificar el monopolio de la violencia por parte de la clase dominante al servicio de sus intereses.

Diez mil años después

En la perspectiva de una sociedad sin guerra, cabe destacar dos observaciones importantes del autor. La primera: desde que existe, la guerra es episódica. La capacidad del ser humano de hacer las paces es por tanto igual de grande que la de hacer la guerra… La segunda: “El tipo estructural de las sociedades no segmentadas encierra posibles extrapolaciones que van más allá de las sociedades de subsistencia como las de los cazadores-recolectores. Nada indica que hubiera una evolución lineal de las sociedades no segmentadas a las sociedades segmentadas. Es posible que sociedades segmentadas hayan evolucionado para convertirse en sociedades no segmentadas porque estas mostraban una mayor capacidad de adaptación.”

Diez mil años después, todavía nos queda algo por aprender de la organización social de los cazadores-recolectores, en particular de su organización familiar. Es una cuestión que abre la puerta a una reflexión estratégica, ya que el autor insiste en el tema: “El matrimonio es el factor más potente de esta transformación social [por la que se establece la obligación de vengar a un miembro del grupo matando a cualquier otro miembro del grupo del asesino], porque el intercambio de mujeres entre los grupos codifica directamente los conceptos de la sustituibilidad social, de la persona como representante del grupo y de los intereses y proyectos colectivos, y de la ‘pérdida’ de un miembro del grupo como merma de la colectividad.” En el camino hacia una sociedad comunista sin guerra, la humanidad todavía tendrá que ajustar las antiguas cuentas con la familia patriarcal.

30/4/2012

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article25043

Daniel Tanuro es ingeniero agrónomo y ambientalista belga, militante ecosocialista y colaborador sobre temas medioambientales en diferentes medio. Es autor del libro “El imposible capitalismo verde” publicado en la colección Los libros de Viento Sur de la editorial La Oveja Roja.

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