Fracking, buscando el cielo capitalista

Maciek Wisniewski, La Jornada, 18 de deciembre de 2011

El casi completo laissez-faire en fracking no es algo exclusivo del capitalismo estadounidense. También en Europa, donde se descubrió y se empieza a explotar el gas de pizarra (sus reservas son de unos 35 billones de metros cúbicos, frente a los 23.4 de los EU), las empresas, pese a las regulaciones más estrictas, imponen sus intereses.

Cuando el analista George Monbiot indagó las agencias gubernamentales británicas sobre el impacto de la fractura hidráulica y del gas de pizarra (shale) para el medio ambiente y el clima, todas repitieron el mantra corporativo: que “todo está seguro” y que el footprint “es igual que el del gas tradicional”. Aseguraron que la concesión para fracking en Inglaterra se expidió tras consultar los datos sobre la seguridad en… la página de la compañía. Pronto éste provocó allí dos pequeños terremotos (The Guardian, 31/8/2011).

Francia, apuntando oficialmente a los riesgos ambientales, impuso una moratorio al gas de pizarra. Pero Polonia, donde se descubrieron las reservas más grandes del viejo continente, anunció su explotación con bombo y platillo.

Según la Administración de Información Energética de EU (AIE), este país puede tener unos 5.3 billones de metros cúbicos del gas. Aunque las autoridades polacas aún están haciendo sus propios estudios, el primer ministro Donald Tusk ya fechó la explotación comercial para 2014, sellando una alianza estratégica con Washington y sumándose a su Global Shale Gas Initiative (GSGI).

A pesar de las diferencias geológicas, legales e infraestructurales, todos quieren repetir el boom estadounidense.

Para EU es una oportunidad de desplazar el centro de la política energética hacia las regiones más amigables y poner en jaque a Rusia. A principios de noviembre se inauguró Nord Stream, un gasoducto que une Rusia y Alemania (y pasando por el mar Báltico excluye a Polonia). Planeado desde hace tiempo garantiza el suministro del gas ruso a la Unión Europea (que cubre 40 por ciento de sus necesidades), sellando un eje París-Berlín-Moscú. Según Immanuel Wallerstein, esto es ‘un gran cambio geopolítico’ (La Jornada, 27/11/2011). La apuesta por el gas polaco –que por su parte también fue calificada de ‘un cambio en las relaciones de poder globales’ (Der Spiegel, 3/3/2011)– pretende ser un contragolpe a Nord Stream y a su viabilidad económica (si la fractura en Polonia tiene éxito). Todo esto provoca nerviosismo en Moscú y en las capitales que eligieron el gas de Gazprom (otra razón por la que Francia ‘congeló su gas de pizarra y por la que la Comisión Europea piensa en dificultar su extracción en toda la UE).

Para las compañías yanquis, que ya se asfixian en casa, es una oportunidad de vender sus tecnologías (todo se inscribe en el análisis de Michael T. Klare, según el cual entramos en una turbulenta época de rivalidad entre compañías y entre naciones por los recursos y mercados mundiales, Energy: The New Thirty Year’s War, The Guardian, 29/6/2011).

Finalmente, para Polonia es una oportunidad para la soberanía energética (ahora 64 por ciento del gas es importado, la mayoría de Rusia) y para las ganancias.

El problema es que la euforia que explotó impide considerar posibles dificultades y peligros. No está seguro si en Europa el gas de pizarra hará tanta diferencia como en EU. Un estudio de Deutsche Bank es muy escéptico (así las promesas de “empleos” y “crecimiento” quedan en el aire). Cambiar el carbono, que genera 95 por ciento de la electricidad en Polonia, por gas, no suena mal. Pero el gas de pizarra puede tener el footprint incluso más grande que el mismo carbono (Cornell University). La frase “con el gas cumpliremos las metas de emisiones”, a la que se redujo el problema del calentamiento global, suena absurdo.

La “fiebre del gas” hace que las concesiones (ya más de 100) se expiden por un valor mínimo y sin licitación pública. Se dice que primero “se quiere atraer al capital” y luego se impondrán regalías “justos”, pero así el Estado ya cedió ante las empresas –Halliburton, Chevron o ExxonMobil– que tienen el monopolio tecnológico. Además, la nueva Ley de Geología y Minas establece la expropiación sin indemnización, excluye las comunidades locales de las decisiones y los expone a la destrucción (de la que, por cierto, casi nadie habla).

Según las encuestas, 74 por ciento de los polacos apoya los planes de Tusk. Solo 4 por ciento está en contra. En parte porque “todo lo que daña a Rusia es bueno para Polonia”. Pero también porque la gente no conoce el capitalismo depredador y asocia los daños ecológicos con el socialismo (sic), confiando en que el ‘libre mercado’ es capaz de regularlos (sic). El ‘universalismo’ reinante posterior a 1989 hizo creer que los intereses de los capitalistas concuerdan con los de la gente (y con los del Estado). Esto facilitó la transformación sin mayores descontentos, formó una clase trabajadora dispuesta a los sacrificios y –como se observa– una ciudadanía lista a asumir los costos ambientales.

The Economist llamó Polonia “un cielo de fracking” (23/06/2011). Parece que las compañías ya encontraron lo que buscaban.

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